Para la mayoría de personas la Semana Santa va perdiendo su significado y su centralidad. Lamentablemente, las costumbres que pasan de padres a hijos, de abuelos a nietos, etc., no son las mismas ni están en la misma perspectiva de las costumbres que pasan y se recrean entre amigos, entre  pares, entre parejas jóvenes, etc. Todo tiene su momento, eso es cierto, podemos vivir la vida como un constante aprendizaje pero también tenemos momentos donde detener nuestra humanidad, unos días donde descanzar o divertirse dejen de ser cosas exclusivas y excluyentes. Unos días donde miremos nuestro corazón y nos preguntemos cómo nos va, cómo nos sentimos, a qué estamos llamados, cómo estamos respondiendo ese llamado o invitación, etc. Unos días, donde Jesús con su pasión, su muerte y su RESURRECIÓN nos interpela y nos invita nuevamente a creer en Él, a trabajar por su Reino y vivir como hermanos haciendo realidad las Bienaventuranzas. Y miles de cosas más que se pueden decir también. Pero, si la semana pasa de largo sin ningún efecto en nuestro corazón o sin ninguna intención de cambiar o mejorar algo de nuestra vida; entonces no la hemos aprovechado bien. Aunque el Señor nos habla de diferentes maneras o formas, nos habla siempre al corazón y nos dice sin lugar a dudas que nunca nos abandona. De nuestra parte debemos responder con amor y nunca tener MIEDO. El miedo nos encadena y detiene. Con el amor miraremos el mundo y a los demás con los mismos ojos de Cristo y con el amor aprenderemos a llevar nuestra propia cruz, que son las contradicciones y los problemas.