Admiro a la gente que tiene capacidad de conversar. No a los charlatanes, de verborrea incesante pero a veces hueca. Tampoco a quienes se escuchan a sí mismos, y entienden que el otro es únicamente público. Admiro a esos otros que son capaces de compartir historias, bucear en sus vidas, comunicarse desde la alegría y el dolor, desde la palabra y la mirada… no necesariamente con conversaciones trascendentes o profundísimas. A veces es el comentario de la última noticia, la narración sencilla de lo ocurrido en la jornada o la pregunta sincera por el otro. Y es que cuando conversas de verdad, cuando compartes un poquito de ti y del otro, parece que el mundo es más cálido.

1. LA PREGUNTA EN LOS LABIOS


«Jesús se volvió, y al ver que lo seguían, les dice: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38)

Si me descuido pierdo la curiosidad, la inquietud, la atención. La prisa puede matar la capacidad de contemplar, y de compartir.
Y entonces dejas de preguntarle a la realidad qué esconde tras su fachada habitual. Preguntar al semblante turbado, “¿qué ocurre?”. O a la risa contenida “¿qué tienes hoy…?” Sí, vivo a veces demasiado rápido. De un lado a otro, de casa al trabajo, de una tarea a la siguiente… Y me falta la ocasión para hablar un rato con mis gentes, sin temer que el teléfono interrumpa, que el reloj me recuerde que tengo que arrancarme o que las tareas pendientes me llamen.

¿Encuentro espacios para comunicarme de verdad con quienes importan en mi vida, para saber de sus preocupaciones y alegrías, para compartir la rutina, los pequeños o grandes problemas, las historias mínimas?

 

2. JESÚS UN HOMBRE DE PALABRA

«Y la palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros». (Jn 1,14)

Creo que el Dios que descubro en Jesús es un Dios que habla. Me gusta verle conversando… con los heridos en el camino, atento a su dolor; con los amigos en Betania, relajado y confiado; con el terco Pedro o el inquieto Zaqueo. Me lo imagino hablando con palabras que llegan hondo, y escuchando las historias desgranadas por hombres y mujeres necesitados de encuentro. Supongo que su escucha no es mecánica, sino personal, y su palabra es sincera. Y, en el silencio, querría conversar con Él, y aprender de Él a conversar con otros.

¿Tengo ocasión de “hablar” con Jesús? De escuchar, en su evangelio, una palabra para mí hoy…
Ocasión de recogerme, y, en la quietud, hablarle de mi vida.

 

Tomado de Pastoral SJ: www.pastoralsj.org